La mejor noticia del Apocalipsis

 Texto base: “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6).


Introducción

¿Ya pensó en lo que nos depara el futuro? Al encontrarnos con noticias de tragedias, hambre, asesinatos, desastres naturales, violencia, una pregunta parece apoderarse de todos los corazones: ¿Hasta cuándo?

El estudio de la Biblia llena de esperanza a los que creen en Jesús. Así como los tres primeros capítulos de Génesis presentan la historia de la creación, la caída del hombre en el pecado y el paraíso perdido, los tres últimos capítulos de Apocalipsis muestran que Satanás y sus obras serán destruidos y el Edén restaurado. O sea, el inicio de la Biblia muestra cómo entró el pecado en el mundo, mientras que el final dice como será eliminado.

Desarrollo

El libro de Apocalipsis es la esperanza y la seguridad que tenemos de que Dios quiere darle nuevamente al ser humano todo lo que tenía, pero que perdió con el pecado. Podríamos decir que el evangelio del Apocalipsis es nuestra seguridad en este mundo lleno de inseguridades. Pero ¿existe un libro llamado Evangelio del Apocalipsis?

En realidad no, pero el significado es real. El término “evangelio” significa “buenas noticias” de parte de Dios en salvar al ser humano. ElApocalipsis revela toda la belleza del amor de Dios en salvar al pecador.

La Biblia muestra a Dios buscando y ayudando a sus hijos en medio de terribles tragedias. Juan vio a un ángel que tenía una misión dentro de ese plan de salvación. Ese plan de Dios es un tema muy importante dentro del Apocalipsis. Acompáñeme en la lectura:

“Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6).

El evangelio eterno es el mensaje de salvación de Dios. Fue necesario trazar un plan para salvar al ser humano, porque el pecado trajo consecuencias peligrosas y trágicas. El pecado nos separa de Dios y descarga sobre el pecador la condenación a la muerte y a la destitución de la gloria de Dios.

Pero para que esa terrible condición no llegara a ser una realidad en la vida del ser humano, Pablo nos dice:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuando todos pecaron” (Romanos 5:12).

“Dio a su Hijo unigénito”

Después de la batalla de Bautzen, Napoleón Bonaparte escribió: “No perdí a nadie importante”. La frase es más dura cuando se descubre que en esta batalla miles de soldados habían muerto defendiendo la causa para la cual Napoleón los había enviado. Pero, como ninguno de los muertos tenía un título destacado, para él, no tenían importancia.

Eso no es lo que sucede con Dios. Para él, cada ser humano es importante. Usted y yo estábamos condenados a la muerte por causa del pecado. El amor de Dios hizo que Jesús tomara nuestro lugar. Y mi muerte ahora fue la muerte de Jesús. Mi culpa recayó ahora sobre los hombros de Jesús.

Lo que Jesús hizo, lo hizo por toda la humanidad contaminada con el pecado, pero Jesús haría lo mismo si fuera solo por usted o solo por mí. Uno de los versículos más citados de toda la Biblia deja ese concepto bien claro.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Dios no quiere que usted se pierda. Lo que él hizo fue para que usted no tuviera que sufrir. La muerte entró por el pecado de un hombre y la muerte saldrá por la muerte de un hombre, Jesús. Sin embargo, después de comprender y aceptar la muerte de Jesús en su lugar, hay una continuidad en la decisión que tomamos. Jesús, en su carta a la iglesia de Esmirna, promete: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).

Dios entregó a su Hijo por el pecado de la humanidad. La entrega no fue como la de una persona que está con un revólver apuntado a su pecho. Lo hizo por amor, por elección propia. Una antigua historia ilustra esa realidad del amor de Dios.

Durante meses, Margarita ahorró, esperando comprar un buen regalo de Navidad para su marido Antonio. Cuando faltaban pocos días para Navidad, el día de la entrega del “gran regalo”, descubrió que el dinero que había juntado era insuficiente para el regalo que ella quería darle a su marido.

Entonces, ¿qué hacer? Encontró un anuncio de una empresa que compraba cabellos largos, y fue hasta allá. Vendió su larga y bien cuidada cabellera. Con lo que le pagaron, compró una cadena de oro para el reloj de bolsillo de Antonio, que había pertenecido a su padre y a su abuelo, y que él consideraba un bien muy precioso y valioso.

El día cuando Antonio llegó a su casa, trajo un paquete con el regalo de Navidad para su esposa. Al abrirlo, Margarita vio dos lindas hebillas decabello, que durante algún tiempo admiraba en la vitrina de un negocio.

Cuando se recompuso de la tristeza que le produjo pensar que ahora eran inútiles, porque ya no tenía el cabello largo, fue a buscar la cadena de oro que había comprado para su marido.

Cuando Antonio abrió el regalo, fue él quien se sintió triste: – ¡Vendí el reloj para comprar tus hebillas!

No hay duda de que los dos se amaban, porque cada uno había sacrificado algo que le gustaba mucho para ver al otro feliz. Sacrificarse para ver feliz al otro. Fue exactamente lo que Dios hizo, un sacrificio de vida por su felicidad.

Nadie puede obligar a Dios a dar algo. Él entregó a su Hijo porque amaba mucho, porque lo ama mucho a usted. Amar es entregarse, donarse.

No fue dinero lo que Dios dio. No fue un continente, ni un planeta. Amó a tal punto que entregó su Hijo a la muerte.

Acepte y crea

¿Y qué espera él de nosotros? 
- Él no dice: “quiere salvarse, pague el precio”, porque entonces los de menos recursos no se salvarían. 
- Él tampoco dijo: “trabaje”, porque los enfermos se perderían. 
- Él tampoco dijo: “Si quiere salvarse, estudie”, porque los que no tengan oportunidades de estudiar no podrían salvarse.
- Él solo dice: “Acepte, crea”. Y eso usted lo puede hacer, porque puede creer en Cristo. 
El plan de salvar a la raza humana existe desde antes de que el hombre experimentara el veneno amargo del pecado. En Apocalipsis 13:8, la Biblia nos dice que:

“Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”.

Todos los salvados lo serán por los méritos de Jesús. Él es el único Camino que nos llevará a abandonar completamente el pecado y a obtener la victoria. No existen dos planes de salvación, uno en el Antiguo Testamento, antes de que Jesús naciera en la Tierra, y otro en el Nuevo Testamento, después que Jesús vivió aquí en nuestro mundo.

“En ningún otro hay salvación”

Jesús tomó sobre sí una culpa que no era suya. En Apocalipsis 1:5, Juan presenta:

“Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”.

Antes de que Jesús se hiciera hombre, la salvación planeada se consu- maría solo en el futuro, cuando él tomaría de una vez por todas la culpa del ser humano. Pero, para que esa realidad no se perdiera, desde los días de Adán, y después cuando Dios mandó construir un Santuario, Dios estableció ritos que involucraban sacrificios de corderos como símbolos.

El pecador ponía su mano sobre la cabeza del cordero y transfería su muerte al animal inocente. Esa muerte sucedía en lugar de la muerte del propio pecador. Jesús interrumpió ese sacrificio de animales, porque él es “el Cordero de Dios”, y su misión de “quitar el pecado del mundo” tuvo éxito.

No hay otra opción o forma de ser salvos. En Hechos 4:11 y 12 leemos:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Lo que Jesús hace es para siempre y es completo.

“Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Apocalipsis 3:7).

Eso quiere decir que, cuando Cristo abre la puerta de la salvación, nadie puede cerrarla. Ni el enemigo puede cerrar la salvación para usted. Pero, si usted no acepta, la puerta de la salvación se cerrará y después de cerrada, nadie más podrá abrirla.

Tres pasos para la salvación

Y para recibir la salvación hoy, existen tres pasos que necesitamos dar:

1. Hechos 16:31 – “Ellos dijeron: ‘Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa’”.

Creer en Jesús no es simplemente decir que él existe. Creer involucra confianza, compromiso y seguridad. Creer en Jesús es buscar conocer cada día más a Dios y su voluntad. Creer en Jesús es vivir de acuerdo con lo que Dios espera de usted. Creer en Jesús es aceptar por la fe andar por los caminos que Dios transitó a través de la Biblia.

No siempre es fácil hacer la voluntad de Dios. Tal vez, sea exactamente eso lo que usted esté viviendo ahora, con tantas cosas para aceptar. Mis problemas son muy complicados. ¿Cómo reaccionará mi familia?

Si usted no confía en Jesús, él no puede salvarlo. Dios lo creó como un ser libre. Respeta sus decisiones, pero hoy llama incansablemente a su corazón diciendo: “Hijo, hija, déjame cuidarte”.

2. Hechos 3:19 – “Así que arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

Arrepentirse es sentir tristeza por lo que hizo y el deseo de no hacerlo más.

El arrepentimiento involucra la búsqueda de la transformación del corazón y de la vida. En griego, la expresión usada es “metanoia”, que quiere decir cambio de mentalidad. O sea, en la Biblia, el arrepentimiento significa cambiar de opinión.

Es un cambio genuino de la mente y de la actitud hacia Dios, consigo mismo y con los demás. La persona arrepentida, por medio del Espíritu Santo, comienza a ver las cosas como Dios las ve. La conversión, por lo tanto, significa darse vuelta y retroceder de la vida de pecado, avanzando en dirección a Dios.

3. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Primero, el texto deja bien claro que debemos llevar nuestros peca- dos directamente a Dios. Pablo nos dice en 1 Timoteo 2:5: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

La razón de eso la vemos claramente en toda la Biblia. Solo Jesús tiene la naturaleza divina y humana. Jesús es Dios, y para salvar a los seres humanos tomó la naturaleza humana. Jesús no cometió ningún pecado, por lo tanto, no merecía morir.

Pero él murió para pagar la deuda que causaron nuestros pecados. No existe otra persona que reúna esas características, o sea, que hable sobre las cosas de Dios al hombre en el lenguaje de hombres y con el poder para presentarse a Dios. Además, el puede hablar con el Padre de igual a igual sobre los problemas de los hombres. Solo Jesús puede y hace eso. ¡Dios sea alabado!

Por eso, usted debe confesarle los pecados solo a Jesús. Entre en su cuarto y cierre la puerta, ahí mismo donde está, confiésele a Dios todos sus pecados. Y aunque otros seres humanos puedan conducirlo a Dios y orar por usted, es su mayor privilegio confiarle todo directamente a Cristo. Jesús establece contacto inmediato con el Padre. Él lo conecta instantáneamente a Dios. ¡Es lo que usted quiere!

Pero ¿qué es confesar?

La confesión es reconocer el error y la reafirmación de que en Dios nuestras faltas son perdonadas y borrados nuestros pecados. Cierta vez alguien dijo: “¿Por qué necesito confesar mis pecados si Dios sabe todas las cosas?”.

La confesión sirve para fortalecer su relación con Dios. Al confesar, usted está buscando en Jesús el poder y la fuerza para vencer. Recuerde que la confesión involucra elementos como:

a. Sinceridad. Usted está hablando con Dios, quien sabe todas las cosas. No se preocupe con querer impresionarlo. Abra su cora- zón, dígale lo que está en su corazón. Hacerlo le hará muy bien. Estoy seguro de eso. Saque la angustia de su corazón. Deténgase delante de Dios y siéntalo a su lado.

b. No justifique sus pecados. Dios sabe lo que usted hizo y por qué lo hizo. No intente buscar un culpable para su error. Es una tendencia natural del ser humano siempre querer justificar sus faltas, o explicar el motivo por algo errado, proyectando la culpa en otra persona o cosa.

c. Humildad y tristeza. Vacíese de su yo, deje a un lado la vanidad y el orgullo. Reconozca su incapacidad y demuestre su insatisfacción por lo que hizo.

d. Recuerde la certeza del perdón. No existen pecados que Dios no pueda perdonar. Pero, para que todo pecado sea perdonado, son necesarias la decisión y la disposición de su corazón para querer recibir el perdón de Dios.

Conclusión

Jesús le dice hoy: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”(Apocalipsis 3:20).

Jesús está llamando porque quiere entrar. No deje que Jesús continue del lado de afuera. Lo que él tiene para hacer en su vida comienza en su corazón. Él quiere cambiar su carácter. Transformar sus hábitos.

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

Llamado

Experimente esa transformación ahora. Repita, entonces conmigo lo que voy a decir. No se preocupe si alguien lo ve. Recuerde que este es un momento especial entre usted y Dios:

– Señor, reconozco que soy débil ante las tentaciones y el pecado. – Entiendo que Jesús es poderoso para salvarme.
– Acepto la muerte de Jesús en mi lugar.
– Pido perdón por mis pecados.
– Purifica mi vida.
– Transfórmame completamente.
– Quiero tenerte como Señor de mi vida.

Oración de entrega

Ore conmigo. Gran Dios, escuchaste esa decisión importante que se tomó. Un hijo tuyo más, una hija, en este momento fueron rescatados por tu poder. Ayúdanos a vencer las tentaciones y a comprender el verdadero arrepentimiento y sentir el perdón a través de nuestra sincera confesión. No somos nada, pero en ti tenemos la victoria, y por eso oramos en el nombre de Jesús. Amén.

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